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Erramos casi siempre cuando esperamos, porque casi siempre esperamos en proporción.

Esperamos que sea proporcional el cariño que damos con el que recibimos; la ilusión con la que planificamos una sorpresa con la del destinatario al recibirla. Queremos y esperamos proporcionalidad entre un trabajo bien hecho y el reconocimiento que obtenga; entre nuestros modales y con los que somos tratados. Esperamos que exista proporción entre el esfuerzo de dar con un buen detalle y el acierto final de nuestra elección. Y entre las sonrisas de ida y las que nos regalan de vuelta. Aún más allá; también esperamos que sean proporcionales nuestras buenas acciones con lo bueno que nos dé la vida -aunque con las inversas nos cueste más establecer esa relación-. Las amistades en las que trabajamos con las que poder contar a la hora de la verdad, y la intensidad de nuestros recuerdos con la de los de quienes compartieron su contenido. Anhelamos simetría entre nuestras simpatías y las que despertamos; entre el cariño con el que cocinamos un plato y su sabor final. Proporción entre el yo, el tú y el nosotros. Entre imagen y reflejo. Entre pretérito y condicional.

Pero a veces, tantas veces, las medidas no se ajustan a las expectativas. Y nos entristecemos, y nos sumimos en una crisis de asimetría emocional. Y todo porque no somos capaces de entender que nuestra vida no es un nautilus. Y que, más allá de nuestros áureos ombligos, casi nada suele ser proporcional.

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