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Amor fugaz

Tenemos una concepción estática del amor. Como si de un objeto se tratase, el amor sólo lo consideramos como tal cuando se cumplen una serie de circunstancias estereotipadas. Una mesa es mesa cuando hay un tablero con cuatro patas. Pero ¿cuándo el amor es amor? ¿Existen de verdad unas características concretas? Creemos, sobre todo, que el amor necesita tiempo, en su sentido más amplio, antes y después. Primero tiempo para gestarlo, para construirlo, para asentarlo. Luego tiempo para vivirlo, para reposarlo, para que acabe… Parece que si desde el principio podemos ver la fecha de caducidad, eso ya no vale, eso ya no es amor. Necesitamos tiempo para gastarlo, para desgastarlo, para dejarlo morir. Sólo así creemos que podemos decir que hemos amado.

Pero a veces llega el día en que uno se da cuenta de que esto no es así. Y, cuando llega, te das cuenta de que el tiempo no es el argumento que justifica el amor. Que las horas pueden ser más intensas que los meses, que los años. Cada minuto cuenta cuando sabes que no tienes tiempo. Y es difícil zambullirte más y más cuando sabes que en cuestión de días tendrás que salir a coger aire y que, entonces, ya no habrá nadie al lado. Pero ¿se debe renunciar a ser feliz hoy sólo por no sufrir más mañana? La pregunta es ¿prefiero un día de felicidad extrema y otro de tristeza profunda o dos días simples y llanos que pasen sin más?

Se puede amar de otra manera, fuera de las convenciones sociales en las que nos han educado, lejos de lo que siempre hemos visto a nuestro alrededor, de las relaciones de las que sólo queda decir “bien, como siempre”. El amor no es una situación construida, es una sensación que nace. A veces con el tiempo, a veces en un periodo fugaz, simplemente porque se dan las condiciones. Simplemente porque la complicidad, la compenetración, la magia o la perfección no atienden a plazos temporales. Existen o no. El proceso es descubrirlas.

¿Qué harías si supieras que sólo te quedan quince minutos para ser feliz?

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