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Gestos Analgésicos I

Gestos Analgésicos I

Cuando el cuerpo duele, duele. Desde la más sutil molestia de cabeza a la más terrible enfermedad. Y, contra ese dolor, sabemos que a veces el remedio se llama tiempo y otras tantas, medicina (química, natural, china… en la que cada uno cree o le ha dado resultado).

Sin embargo, he comprobado que hay otros dos remedios espectaculares (y temporales, para ser justa). Dos remedios opuestos. El olvido y la plena consciencia. Me explico, y empezaré por el segundo.

Hace no mucho tiempo descubrí que cuando me dolía la cabeza, si concentraba toda mi consciencia y ‘energía’ en esa parte del cuerpo, momentáneamente y todas las veces que lo repitiera, el dolor desaparecía. No tengo ni idea de lo que significa concentrar la energía en la cabeza o, más bien, no tengo ni idea de cómo explicarlo. Simplemente me salió y funcionó. Es algo que puedo repetir siempre, en esa u otra zona, pero que no sabría desgranar un manual de instrucciones. Sin embargo, creo firmemente que cualquiera que lo intente, aun sin saber cómo se hace ‘eso’, llegará al mismo resultado.

Sobre el primer remedio espectacular, el olvido, matizo. Cuando algo duele de verdad, parece imposible olvidarlo. Olvidar un dolor para que no duela, parece más una utopía formulada por cualquier gurú de autoayuda que una posibilidad al alcance real. Sí y no. El dolor no desaparecerá hasta que no sane aquello que duele, pero un gesto tan sencillo -y complicado- como desviar nuestra atención a otra cosa, resta protagonismo al mal. Que depende de la gravedad, también. Pero no me voy a perder ahí.

Y fue también una experiencia la que hizo brillar esta creencia con más fuerza. Un día me picó una avispa, primera y única vez en mi vida. Acababa de tumbarme en la toalla, era el primer día de mi único fin de semana de playa del año. La punción fue muy dolorosa y más lo que vino minutos después. Y, en este punto, supe que podía tomar dos decisiones. Concentrarme en que acaba de picarme una avispa y salir pitando a un centro de salud (basándome en cómo suele reaccionar mi cuerpo a cualquier picadura) o tomarme un mojito y disfrutar del mar, del sol y de la compañía. No tuve mucho dilema antes de decantarme por la segunda opción.

Esto no evitó que esa picadura al día siguiente se complicase, pero durante un día entero no existió. Evitó que desperdiciase el regalo que era ese día de playa, mojito y buena conversación. Decidir concentrarme en ellos y olvidar mi pierna, funcionó. 24 horas, pero funcionó. Habrá quien piense que el proceso natural de aquel incidente hubiera sido el mismo cualquiera que hubiese sido mi decisión. Lo entiendo. Pero no lo creo.

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