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El Valor (y La Belleza) De Saber Decir Adiós

El valor (y la belleza) de saber decir adiós

Justo en estos días, que andaba dándole vueltas a este tema, me encuentro con un reportaje sobre la primera y única mujer, posterior ex mujer de Elvis Presley, en el que se reseña que Priscilla y Elvis salieron de firmar su divorcio cogidos de la mano. Un gesto que, por inusual, se ha ganado ser contado, ser expuesto como símbolo, tantos años después. Y yo me imagino a Priscilla, cuyo matrimonio no parece que fuese precisamente una maravilla, sintiendo dicha y paz cada vez que recuerda ese instante. Ese momento en el que, ya habiendo dada por definitivamente terminada la relación, entrelazó su mano con la de su ya ex marido, y juntos afrontaron ese trámite final desde el amor que habían vivido y que, en alguna de sus formas, aunque insuficiente para salvar la pareja, aún permanecía y permanecería.

La (alcanzable) belleza del adiós

Y es que las rupturas, aunque suene a teoría imposible, deberían abordarse desde la belleza, la comunicación y el amor con los que nos zambullimos en los principios. Estos dos puntos, antagónicos, deberían formar una estructura circular que dejase sanamente cerrada esa etapa de nuestra vida.

Pero, al contrario de esto, solemos construir, protagonizar, propiciar y presenciar rupturas vacías, o dramáticas, o indiferentes, o destructivamente dolorosas. Juzgamos el todo por lo último, nos despedimos y nos comportamos como si nada hubiera realmente importado. O como si hubiese importado tanto, que eso hiciera imposible perdonar, aceptar que se acabó.

La comunicación, como personalmente sostengo que para casi todo en esta vida, creo que es imprescindible para afrontar una ruptura de forma sana. Que ambas personas se expresen y escuchen abierta y libremente, desde el corazón y la empatía, desde la honestidad y la compresión. No quedarse con palabras, sinceras y necesarias, por decir y por escuchar. Aunque a veces duelan, unas y otras, nunca duelen tanto como el silencio, la duda o la ambigüedad.

Es increíblemente triste y habitual que dos personas que han compartido ilusiones, amor, tiempo, proyectos, sexo, palabras, sonrisas, caricias, miradas, preocupaciones, planes, rutinas, alegría, lágrimas, éxitos y ese largo etcétera que puede incluir incluso hijos, rompan de manera vacía o mucho más dolorosa de lo inevitable y pasen, de repente, a ser extraños o enemigos. Que alguien con quien una persona compartía la vida, pase de repente a ser un número en su agenda telefónica del que no vuelve a hacer uso, unas cuantas fotos con las que prefiere no cruzarse y un nombre con el que poner ejemplos de las relaciones y el cual, con alta probabilidad y si tiene ese proyecto por delante, no le pondrá a sus hijos.

Un ejemplo real

Si hay algo -y tiro de batallita personal para mostrar que esto no es un blablabla y una utopía- con lo que me siento tremendamente satisfecha y en paz en mi historial de relaciones, es de cómo vivimos nuestra ruptura mi pareja más duradera y yo. Tras unos años de relación y convivencia, en los que la plenitud no fue nuestra mayor compañera, decidimos asumir esta ausencia y terminar la relación. Por diversas cuestiones, desde la toma de la decisión hasta poder separarnos físicamente, restaba un periodo de 15 días. Periodo que decidimos abordar y compartir desde el cariño y la complicidad, manteniendo la fuerza, la madurez y la entereza para no volvernos a autoengañar. Y así, durante esos 15 días, hicimos aquellas cosas que realmente habíamos disfrutado haciendo juntos durante nuestra relación, honramos lo bueno que había entre nosotros, manteniendo la claridad de saber que no era suficiente para continuar manteniendo un proyecto común. Hicimos escapadas, salimos a pasear en bici, hicimos aquellas comidas y cenas, dentro y fuera de casa, que nos encantaban, tuvimos sexo con más amor, frecuencia y pasión que en todos los últimos tiempos… Y 15 días después, nos miramos, nos abrazamos y nos dijimos adiós. Claro que no fue fácil. Claro que, de alguna manera, también dolió. Pero no se me ocurre un final mejor, que aquel en el que el cariño, el coraje y la belleza superan al vacío y al dolor.

Honrar y agradecer

Pero normalmente, cuando las relaciones acaban, sea decisión propia, ajena o mutua, no tenemos la sana costumbre de honrar y agradecer todo lo que hemos compartido, vivido, sentido y aprendido con nuestros compañeros sentimentales. Ni interiormente, ni mucho menos de forma abierta hacia la otra persona. O nos separamos pacíficamente, sin exceso de reproches, pero normalmente también sin rastro de belleza y agradecimiento, o nos separamos hirientemente, con desconcertantes silencios o con discursos llenos de culpas, reproches, dolor y un sinfín de elementos (auto)destructivos.

No somos capaces de asumir y sentir que el fin (o la aceptación de la ausencia) del amor que sostiene la pareja, no tiene por qué significar el fin del respeto, de la empatía, de la capacidad y las ganas de generar bienestar, de no causar dolor al otro, de que esté bien, de que se sienta, como poco, en paz. Ojalá, feliz.

Si fuéramos capaces de ver esto, de Sentir que si realmente nos hemos querido y nos importamos, no debemos dejar de actuar desde el amor y la generosidad, seríamos capaces de afrontar y vivir las rupturas de una forma mucho más sana y más bella. Seríamos capaces de ser mucho más valientes, de despedirnos desde el corazón, y no desde nuestros miedos, o nuestros rencores o nuestras necesidades más egoístas.

Seríamos capaces de mirar a los ojos a la otra persona y decirle, de una u otra forma, cada uno a su manera, mejor tarde que nunca: honro y agradezco todo lo que he vivido, compartido, sentido y aprendido contigo. Hubo muchas cosas buenas, que es un placer y un honor haber vivido a tu lado. También hubo cosas malas que, aunque no fueron agradables de vivir, me han legado un aprendizaje y me han hecho un poco más sabi@. Gracias por unas y por otras. Lamento aquellas que te hayan podido causar frustración o dolor, acepto y suelto las que me lo han causado a mí. Te deseo Bien y Felicidad, porque te quiero. Porque te quiero aunque no te ame, o porque te amo aunque tú a mí no. Y te cojo de la mano, como Elvis y Priscilla, para que salgamos de esta etapa con esa inevitable sensación agridulce, pero con el corazón en paz.

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