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Gestos Analgésicos II

Gestos Analgésicos II

Si en Gestos Analgésicos I defendía que olvidar el dolor propio es -a veces- posible y un espectacular analgésico, en esta necesaria extensión me detengo sobre la eficacia de hacer olvidar el dolor ajeno.

Urgencias, quien lo ha vivido lo sabe, suele traducirse en muchas horas. Horas en las que, como enfermo y como acompañante, un@ desespera. Pero además, si bien el enfermo habitualmente estará centrado en su dolor y con poca madera de observador, el que acompaña ve y siente tanto, que a veces termina también ‘enfermando’ emocionalmente. Estar rodead@ de dolor y desesperada espera, se cuela por los resquicios más empáticos de la psique. Poco lado bueno hasta que descubres que también ese malestar se puede convertir en un potente analgésico.

En el box en el que llevábamos horas mi padre y yo, como acompañante, iba y venía la gente. Algunos estaban más, y otros menos. Unos acompañados, y otros solos. Una de las compañeras temporales de sala era un mujer que no llegaba a los cuarenta y que compaginaba dolerse del abdomen con hablar por teléfono y con llorar del dolor.

En un momento dado en el que estábamos solas en la habitación, ella estaba en la tercera acción. Lloraba y se tocaba la zona que tanto debía estarle doliendo. De repente, me pareció inhumano seguir allí, como una espectadora muda, solo porque no era ‘mi’ enferma. “¿Te duele mucho?” Decidí que fuera mi primera y torpe pero bienintencionada pregunta. Ipso facto, su cara cambió. “Sí”. Y dejó de llorar. Me contó de su dolor y, rápidamente, pasó a relatarme el descuadre en la rutina que le había causado esta necesaria visita al hospital. Los niños, con su madre, a la que había tenido que pedir apresuradamente que los recogiese del colegio. Qué vergüenza de urgencias, fue el siguiente salto en el que echamos cuentas mutuas de cuánto llevábamos allí esperando. “¿Y tu padre?”. Regular. Vaya, lo sentía. Y así, durante nuestra zigzagueante conversación, olvidó durante un rato su dolor. Se cabreó con la Sanidad, sintió agobio por las cosas que no estaba haciendo, se preocupó de la abuela con los nietos, sintió que mi padre estuviera regular. Pero olvidó que tenía un abdomen que dolía a rabiar.

Desde entonces no he dejado de intentar repetir aquello. En los hospitales y en el resto de la vida. No dejo de intentar inventar primeras preguntas torpes y bienintencionadas cuando veo a un extraño para quien intuyo que un gesto, una palabra, mi mero interés, puede suponerle un analgésico alternativo para su dolor. Sea físico o emocional.

 

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