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El Lugar Del Otro

El lugar del otro

Es un lugar que no está tan lejos pero a la condición humana, por algún motivo, se le hace muy cuesta arriba el camino.

Siempre he pensado que en un mundo en el que absolutamente todas las personas practicasen, en su más amplio y poderoso sentido, la empatía, no existiría el mal. No podría existir. Si todas y cada una de las personas que formamos la tierra, desde cualquier papel y posición, en todas las generaciones presentes y venideras, nos fuéramos de verdad hasta el lugar del otro, desaparecerían grandes problemas y conflictos no solo a nivel individual, si no de la humanidad. Imaginaos ya si entendiéramos que el otro soy yo, y yo soy el otro…

Por eso, tras esta suerte de utopía improbable, encuentro sentido en predicar -y en hacerlo también con el ejemplo- la necesidad de que a escala individual, cada día, nos propongamos más el sano ejercicio de hacer ese viaje. No perder nunca de vista el lugar del otro, pero desde el lugar en el que a nosotros nos gustaría estar.

La mejor vara de medir

Y eso, bajado a tierra, ¿qué significa? Pues creo que la mejor forma de medirnos en este sentido, es actuar en todo momento como nos gustaría que el mundo fuese con nosotros.

En principio (olvidemos patologías) nadie quiere para sí el mal. A todo el mundo le gustaría lo mejor para sí mismo; tener una vida digna y plena, recibir buenas palabras y gestos, acciones y reconocimientos justos, agradecimientos. Ser respetado, ser amado. No ser engañado, ni menospreciado, ni insultado, ni insanamente compadecido. Nadie quiere para sí la tiranía, ni el desprecio, ni la indiferencia… Entonces, ¿por qué todo estas cosas, por falta o exceso, están tan presentes en nuestra sociedad?

Si todas nuestras palabras, acciones y decisiones pasasen por el filtro del “¿qué me gustaría para mí?”, la foto de nuestras relaciones y de nuestra sociedad sería bastante diferente. Y bastante mejor.

Y esto, ojo, independientemente de cómo se comporten los demás con nosotros. Que no, no es hacer el gilipollas en mundo leonino, es empezar por el cambio individual para promover el cambio global.

La pseudoempatía

Pero no se trata solo de utilizar mucho más esta verdadera empatía, sino que también significa dejar de usar la “pseudoempatía”. Porque nadie quiere para sí el mal, pero seguro nadie quiere tampoco para sí cualquier cosa disfrazada de bien.

Hablamos de hacer o no hacer, decir o no decir, supuestamente pensando en lo mejor para el otro/s, pero abocándole/s a un resultado que no quisiéramos para nosotros y escondiendo detrás, probablemente, nuestros propios miedos y necesidades. Esto lo podemos encontrar en todos los ámbitos de nuestra vida: familiar, laboral, de pareja, social…

Pongamos un ejemplo de pareja. “No dejo esta relación, que realmente no me llena, porque le destrozaría la vida al otro. No puedo hacerle eso. Y total, tampoco estoy tan mal”. En este ejemplo, y si cogemos esa sana vara de medir, cabría preguntarse: ¿me gustaría que alguien que no es realmente feliz estando conmigo, continuara haciéndolo solo porque piensa que si no, me destrozaría la vida? ¿Me gustaría que alguien se conformase con “no estar tan mal” a mi lado? No creo que nadie conteste que sí. Entonces… Si no lo quiero para mí, ¿qué hace que vea bien, e incluso loable, hacerlo? ¿Qué hace que lo vista de empatía? ¿Qué miedo o necesidad estoy disfrazando?

En ese ejemplo, la empatía verdadera pasaría por ser honesto, justo y coherente con uno mismo y con el otro, y tomar la decisión que nos gustaría que tomasen hacia nosotros. Pasaría por trabajar nuestros frenos internos y, valientemente, abandonar de la manera más asertiva, comunicativa, abierta y bella posible, ese lugar en el que no somos felices, y en el que no querríamos estar si fuéramos la otra parte.

Lo mismo ocurre, y mucho, con el cuidado y la ayuda a otras personas. Con hijos, padres, hermanos… y también personas sin lazos de sangre. Hay situaciones en las que decidimos olvidarnos de nosotros mismos, de nuestras necesidades y de nuestra felicidad, aplicando esa pseudoempatía que nos hace creer que sacrificándonos por los otros, estamos haciendo lo mejor para ellos y viajando hasta su lugar. Independientemente de que el resultado de las acciones que llevamos a cabo pueda ser positivo en muchos y diferentes aspectos para “los ayudados”, la pregunta que nos tocaría hacernos es: ¿me gustaría que una persona sacrificase sus necesidades, su felicidad, su autocuidado y/o su vida, para ayudarme a hacer mejor la mía? Salvo caso patológico de egoísmo, tampoco nadie contestaría que sí. Por tanto, igual es mucho más justo y coherente buscar ese lugar intermedio en el que puedo ayudarte sin olvidarme de mí. En el que puedes contar conmigo, pero yo también puedo contar conmigo. En el que encuentro las necesidades propias ocultas que busco cubrir a través de esta pseudoempatía, y nos libero.

Un mismo lugar

Así, tanto la falta de empatía como su presencia en versión ‘pseudo’, nos conducen tanto a la infelicidad propia y la ajena, como a la injusticia y la incoherencia.

Por eso, aunque sea utópico soñar con un mundo en el que la empatía fuese ley a todos los niveles, sí es realista y necesario empezar a practicarla a nivel individual, cada día, con todas las personas con las que nos cruzamos, en cualquier rincón, oportunidad y situación. Y así, poco a poco, ir construyendo un lugar en el que a todos nos gustaría estar. Un mundo en el que el lugar del otro, es también mi lugar.

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