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Lecciones De Vida Que Deja La Muerte

Lecciones de vida que deja la muerte

No pude quitarle el miedo, ni el dolor, mucho menos impedir que se fuera. Pero sí pude acompañarla, cuidarla y despedirme. Supongo que es la única tranquilidad y consuelo que puede quedar en los últimos momentos.

Es curioso. Ni siquiera una persona que tiene un blog cuyo nombre anuncia el desenlace al que todos estamos abocados, y que invierte bastante tiempo recordando y recordándose esa máxima -para Vivir más plenamente-, está realmente preparada para enfrentarse a la materialización de la muerte. Como idea, es un buen revulsivo. Cuando se hace real, golpea igual de fuerte en la boca del estómago y en el corazón.

¿Qué me ha enseñado la muerte?

Una de las cosas que me ha enseñado este proceso es que, si finos son los hilos que nos separan de la muerte, más finos son si cabe los que nos separan de los vivos. La muerte enseña mucho sobre la vida. Te enseña que de verdad no hay peores cosas que las que nunca se dicen, aunque suene manido. Que nunca es pronto ni tarde para decirse, confesarse, amortiguar el dolor. Pero también aprendes que a veces puede haber pesos tan grandes que impidan hacer y decir antes de que sí sea demasiado tarde. Y que no sirve juzgar o suponer. Que más vale aceptar desde el corazón.

La muerte también me ha enseñado mucho no solo sobre el amor y la amistad, en su lado más puro y bello, si no también sobre la sensibilidad y lo invisible. Sobre cariños que olvidamos, con los que no contamos, y que de repente descubrimos que están ahí. Y que tienen mucho valor, y el poder de alegrar un poco el corazón. También te enseña lo contrario, aunque eso duela. Pero incluso el lado menos bonito de la balanza se lee en positivo, y es que hace la necesaria labor de colocar cada cosa en su lugar.

También te enseña lo poco que te conoces, y lo mucho que te queda por descubrirte. Y lo poco que conocemos a los demás, y lo mucho que nunca descubriremos. Es curioso darse cuenta de que en cierto modo es más fácil conocer a los muertos que a los vivos. Y de la cantidad de cosas que perdemos la oportunidad de entender.

Y si una enseñanza se me ha clavado, es la de que da igual todo lo que pensemos y defendamos mientras vivimos. Que cuando la muerte nos mira a los ojos, el miedo y el instinto de supervivencia anulan todo lo demás.

Aprendiendo a aprender…

Lo que no es fácil aprender es a asumir el vacío, la pérdida, que lo que estaba ya no esté. La persona y todo lo que era, todo lo que te unía y te alejaba, todas las pequeñas cosas, rutinas, gestos y palabras que dejan de ser. Todo lo que ya nunca será. Lo que no verá y donde no estará. Asumir la falta repentina de dueño de todas esas cosas que aún mantienen su esencia. La certeza de que no las volverá a usar. De que todos esos sitios donde pone su nombre, de que todos esos reflejos en las pantallas que hoy en día ponen más difícil el camino, ahora son solo una especie de lugares de culto pagano.

Y tampoco es fácil, sí posible y obligado, aprender a crecer desde este dolor. Como el bambú, que crece a base de ir brotando a partir de sus propios nudos. Coger el dolor y darle un sentido. Convertirlo en aprendizaje, en fuerza, en coraje, en arte. Pasarlo, atravesándolo con los pies firmes, sin cerrar los ojos ni elevar los talones, sintiéndolo, permitiéndole ser. Pero sin dejarle convertirse en sufrimiento, en lastre, en cenizas de los vivos, en destrucción.

Si algo me ha enseñado la muerte, por encima de todo, es que es real. Que no es solo algo que anuncia el nombre de mi blog. Que no es algo que le pasa a otros. Que es algo que le ha pasado a Ella. Que le pasará a más gente que quiero. Y que, indefectiblemente, me pasará a mí. Y por eso, hoy más que nunca, deseo animaros a VIVIR. 

Esta entrada tiene 2 comentarios
  1. Me encanta como escribes…..como transmites.
    Hay alguna manera de seguirte, o de q me llegue un aviso de tu publicacion

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